Febrero 2023. Modelo de diversidad y neurodiversidad dos conceptos que rompen con la cultura de la discapacidad.

La palabra inclusiva/inclusivo es una palabra que está de moda. La escuchamos tanto para hablar de educación, como del lenguaje, como para referirnos a las sociedades, a las personas o a las ciudades, por poner un ejemplo, pero… ¿por qué hablamos tanto de inclusión en educación, por qué ponemos el énfasis en incluir, por qué no hablamos solo de educación? La respuesta es sencilla, porque seguimos segregando.

Analicemos lo que ocurre en la actualidad en la educación. En educación seguimos considerando que hay personas capaces y por ende, otras personas son discapaces. Las personas capaces son conceptualizadas como normales, y las discapaces como diferentes. Este hecho conlleva que las personas discapaces para ser normales deban llegar a ser tan capaces como las demás, el objetivo es entonces capacitarlas.

El modelo de la diversidad de Agustina Palacios y Javier Romañach (2006) (1) es una evolución del modelo social de discapacidad que pone el énfasis en actuar sobre las características del entorno. El modelo de diversidad considera igualmente valiosas todas las expresiones diferentes de funcionamiento y propone el término diversidad funcional como sustituto de capacidad/discapacidad. Este concepto posibilita construir a la persona una identidad no negativa, y se considera la diversidad funcional inherente al ser humano. Este modelo está basado en la ética de la diversidad, en la dignidad humana, en el modelo de apoyos y calidad de vida y en el diseño universal.

En 1998 la socióloga y activista Judy Singer acuñó el término neurodiversidad como sinónimo de biodiversidad neurológica. Para esta autora la neurodiversidad abarca todas las formas neurológicas, las más frecuentes y habituales que denominamos neurotípicas, y también las minoritarias o neurodivergentes. Hablar de neurodiversidad es considerar que todas las personas somos neurodiversas y que todos los procesamientos o funcionamiento neurocognitivos son válidos.

Surgen entonces dos conceptos que se dan la mano, diversidad funcional y neurodiversidad, pues ambos intentan romper el binarismo capacidad/discapacidad y valorar la diversidad. Surgen entonces preguntas sobre las que debemos reflexionar ¿en educación se consideran valiosas todas las formas de funcionamiento neurocognitivo? ¿Podríamos eliminar en la educación las etiquetas clínicas y hablar de diversidad de cerebros y mentes? ¿Qué implicaría esto? ¿Cómo podría lograrse? … Y todas las que se te puedan ocurrir a ti al leer este post.

También el relato de las flores que narra Thomas Armstrong en su libro el Poder de la neurodiversidad (2012) puede ayudarnos a reflexionar sobre este tema.

PD. El otro día con mis estudiantes del Máster de Neuroeducación Avanzada de la UB, reflexionábamos sobre la cultura de la discapacidad y el afán de etiquetar todo desde una mirada clínica. Seguro que con el DSM6 todas, o casi todas las personas estaremos aquejadas de algún trastorno mental en un grado u otro. ¿Cómo es posible que con los avances de la neurociencia sigamos inmersos en una cultura de discapacidad?

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