Educación inclusiva, currículo y justicia social

Estoy preparando la charla que voy a impartir mañana en el IES Río Gállego de Zaragoza. Mi querido amigo Gabriel Martínez (@gaby4713) me animó a participar en las tertulias pedagógicas que están realizando en su centro, donde, a partir de la lectura de unos textos y una charla con un ponente externo, se debate luego sobre educación. Me dijo que hablase de lo que quisiera; sé que eso solo se pide a las personas con las que se comparte mirada y sabiendo que, hablen de lo que hablen, va a encajar en tu propósito, pero te deja una responsabilidad grande de estar a la altura de la situación.

Abusando entonces de esta amistad, he decidido que voy a hablar de lo que sé, de lo que vengo hablando desde hace tiempo. Voy a hablar de educación inclusiva desde una mirada ética, que nos lleva a compromisos activos para transformar la educación; voy a hablar de esperanza y no de desesperanza, porque solo la primera me invita a caminar y seguir luchando; voy a hablar de justicia social desde una dimensión propiamente educativa, el currículo.

¿Qué relación puede tener entonces la educación inclusiva, el currículo y la justicia social?

La educación inclusiva es mucho más que incluir al alumnado que antes hemos segregado. Es mucho más que apoyar dentro del aula. Es mucho más que escolarizar en centros ordinarios. Es mucho más que tener recursos. Todo esto es necesario, por supuesto, pero la educación inclusiva supone repensar, reflexionar sobre el error y la ilusión, y apuntar al corazón, a las culturas, políticas y prácticas de las escuelas con el fin de garantizar no solo la presencia, sino sobre todo la participación y los aprendizajes exitosos en todo el alumnado.

Esto conlleva hablar primero de una cultura inclusiva. Desde la psicología social y la antropología se coincide en definir la cultura como un estilo de vida. La cultura se entiende como el conjunto de normas, valores, creencias, actitudes e incluso roles que se comparten en un centro educativo. Estas dimensiones pueden y deben tener un componente estático que les aporte una estabilidad y permanencia necesarias, pero sin olvidar una concepción más dinámica de reflexión y creación constante que promueva interacciones con la comunidad y un planteamiento dialógico del aprendizaje. Y este dinamismo es el que provocan en las tertulias del IES Río Gállego.

Estas dimensiones también van a determinar que una institución educativa sea garante o no de la inclusión. La educación inclusiva reafirma una serie de principios éticos universales, como el respeto a la vida, la dignidad humana, la igualdad de derechos, la democracia, la justicia social y la responsabilidad compartida de nuestro futuro común.

Al promover y crear culturas inclusivas en los centros educativos se garantiza el derecho a y en la educación, se tienen altas expectativas para todo el alumnado, se crean estructuras y procesos participativos y democráticos en las escuelas, se garantiza la igualdad de oportunidades, se valora y se aprende de la diversidad, se fortalecen los principios y valores éticos en el proceso de aprendizaje; en definitiva, se garantiza una educación inclusiva y equitativa de calidad para todo el alumnado, evitando la exclusión y la marginación en y desde la educación.

Este planteamiento humanista debe abordar el debate sobre la educación más allá de la función utilitaria que cumple en el desarrollo económico (1) y replantear una educación basada en valores democráticos de justicia social, que cuestione el currículo tradicional y que abogue por un nuevo currículo que nos permita lograr la sociedad que queremos: una sociedad moderna, abierta, dialogante, humana, democrática, sostenible.

El currículo actual decide y encorseta los saberes, los organiza, jerarquiza y fragmenta. Determina entonces el éxito y la inclusión del individuo en la sociedad, eres o no eres apto, tienes o no tienes una titulación. Desde el mismo currículo se contribuye a diferenciar y excluir a los nadies como aquellos que no pueden salir de pobres, y se les condena a ser recursos humanos, personas sin nombre y sin cara, replanteándonos entonces dónde quedan los valores humanistas en la educación.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada

(1) UNESCO (2015) Replantear la educación: ¿Hacia un bien común mundial?

Webinar 36 concurso escolar ONCE. DUA, Diseño Universal para el Aprendizaje

«Hablar del Diseño Universal para el Aprendizaje es hablar del nuevo paradigma de la educación. Un paradigma que entiende la variabilidad humana y ofrece las pautas para diseñar en función de ella; que tiene sus raíces en la psicología cognitiva y la pedagogía permitiendo al docente crear ambientes de aprendizaje flexibles» (Canal de youtube 36 Concurso ONCE)

Bases del concurso en la web https://www.concursoescolaronce.es/bases-del-concurso/

La ética, el otro y la alteridad.

«Nace con un diagnóstico muy grave, nadie piensa que va a vivir, y durante 25 días no tiene nombre, es la niña de la servocuna, pero eso le pasa más veces a lo largo de su vida, que pierde el nombre para ser nombrada por su diagnóstico, que pierde el derecho a una infancia para estar en hospitales, en terapias, en su casa» (Silvana Corso, Agustín Sap)

La educación inclusiva no nos debe dejar indiferentes; el otro nos interpela, nos dice: «no me reduzcas a una representación tuya, no me dejes sin nombre, no me anules, no me invisibilices». También nos dice: «no me homogeneices como has venido haciendo hasta ahora, escúchame, cree en mí, edúcame, enséñame, camina a mi lado, no me pongas piedras, ofréceme apoyos y ajustes necesarios para avanzar, garantízame ambientes flexibles de aprendizaje con desafíos adecuados».

Seguimos considerando que la respuesta educativa es la atención a la diversidad que considera que lo diverso es la persona que se sale de la norma, esa persona a la que no nombro por su nombre, sino por la representación que yo tengo de ella, o por la etiqueta que condiciona expectativas, anulando de esta forma la alteridad, anulando que sea otro. Esta respuesta a la diversidad es perversa y segregadora, y es la que hacemos habitualmente cuando en el aula las respuestas están dirigidas al estudiante promedio que deja en los márgenes al diferente, al que no sigue la norma, al ninguno, al ninguneado; es perversa cuando estas respuestas a la diversidad se basan en apoyos fuera del aula, en grupos homogéneos con desdobles o en clases especiales en centros educativos; es perversa cuando se considera que el origen del problema está en la persona, no en el contexto, un contexto que si no se hace accesible permitirá que la discapacidad sea siempre una opresión; es perversa cuando la representación del otro es cognitiva, no ética.

Y entonces hablo de ética, de ética del cuidado al otro, porque «pensar en el otro en tanto otro», como decía Lévinas, es ya una relación ética. Y entonces hablo de educación inclusiva, de cambio de mirada, de calidad de vida, de responsabilidad, de compromiso, de altas expectativas, de presencia, participación y logros, de derecho. Carlos Cullen decía: «Nada justifica que anulemos la alteridad del otro, en tanto otro»; y de nuevo, la ética.

Garantizar la equidad y la calidad en la educación es indisoluble de inclusión, y así lo corrobora el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4, pero también es indisoluble de ética. Una educación que enseña a pensar y no a obedecer, como decía Freire; una educación que nos lleva a un aprendizaje profundo, a diseñar ambientes y contextos flexibles que eliminan las barreras para que todas las personas puedan ser ellas mismas sin necesidad de «ser normales»; una educación que entiende y conoce la variabilidad y que diseña en función de ella; esta es una educación responsable, es una educación ética, es una educación que piensa en el otro, que lo nombra.

Y de nuevo el compromiso ético cuando buscamos el origen etimológico de la propia palabra, EDUCERE que extrae o saca de dentro a fuera algo que está ahí, cuando la mirada del docente permite visibilizar, empoderar a todo el alumnado; pero también EDUCARE, que se alimenta y guía desde fuera, hablando de la ética del docente que se centra en la alteridad y no en la ontología, que habla del otro como ser diferente y no del otro como ser homogéneo.

La ética en la educación nos invita a no quedarnos en palabras, sino a pasar a la acción, transformando las medidas educativas en propuestas abiertas y flexibles que ofrezcan una respuesta educativa inclusiva, equitativa y de calidad para todo el alumnado.

¿TE APUNTAS A PASAR A LA ACCIÓN?

Seguimos considerando que la respuesta educativa es la atención a la diversidad que considera que lo diverso es la persona que se sale de la norma, esa persona a la que no nombro por su nombre, sino por la representa

Docente DUA, ¿cómo es su mochila?.

El Diseño Universal para el Aprendizaje es y debe ser el paradigma educativo actual, implica un cambio de mirada y una nueva visión en la educación; situarnos en este paradigma y conocerlo es una necesidad urgente para poder garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad a todo el alumnado. El Diseño Universal para el Aprendizaje permite hablar de accesibilidad universal en la educación, ofreciendo entornos comprensibles, accesibles, utilizables por todas las personas, impulsando la red afectiva en la educación y eliminando las barreras al aprendizaje que muchos niños y niñas tienen. Bajo este paradigma se sitúa la educación inclusiva, una educación que reduce la exclusión en y desde la educación y que promueve la participación en el aprendizaje de todo el alumnado.

Este paradigma educativo nos ofrece el marco teórico donde asentar las actuaciones y las respuestas inclusivas que demos a todo el alumnado, permitiendo crear desde el inicio programaciones didácticas y entornos de aprendizaje universales y accesibles que evitan modificaciones y adaptaciones posteriores y que eliminan las barreras a la presencia, al aprendizaje y a los logros.

No se trata de una moda ni de un capricho. El Diseño Universal para el Aprendizaje es el paradigma de la educación del siglo XXI que aglutina diferentes modelos y propuestas pedagógicas que permiten dar y garantizar una respuesta inclusiva, equitativa y de calidad a todo el alumnado en el aula. Pero… ¿cómo es la maestra, el profesor, el docente DUA? ¿Cómo es, cómo debe ser el profesorado que utiliza el Diseño Universal para el Aprendizaje en su aula, ese profesorado que piensa siempre en todo su alumnado, que ve sus fortalezas y capacidades, que los hace brillar?

Todo el profesorado llevamos nuestra mochila (1), en ella guardamos nuestra forma de enseñar, nuestra forma de mirar y entender la educación, nuestras creencias y valores, nuestros juicios y prejuicios, nuestras barreras, nuestras fortalezas… Esta mochila, fruto de la experiencia, es difícil de cambiar y en ocasiones contiene prácticas basadas en el error y la ilusión, que producen ceguera, tal y como ya hablé en otra entrada. Cambiar esta mochila, llenarla de propuestas e ideas nuevas, reflexionar sobre ella, es prioritario para caminar hacia la inclusión.

¿Cómo es mi mochila? ¿Cómo es mi metodología? ¿Cómo son mis prácticas educativas? ¿Cómo es mi mirada? ¿Qué es lo que más pesa en mi mochila? ¿Es necesario cambiarlo, modificarlo, quitarlo…? ¿Es necesario mejorarlo, ampliarlo? ¿Sé hacerlo, necesito formación, estoy dispuesta a hacerlo?

¿Cómo debe ser la mochila docente en el paradigma educativo actual? ¿Qué debe contener? ¿Qué lleva en su mochila un docente, una docente DUA?

El o la docente DUA es aquel que lleva en su mochila todo lo necesario para garantizar en las aulas una educación inclusiva, equitativa y de calidad y que conoce y comparte el nuevo paradigma de la educación. 

profesorado del presente y del futuro (2)

Lleva unas gafas para el cambio de mirada, para ver capacidades y fortalezas, no centrarse solo en el déficit y la discapacidad. Unas gafas que permiten eliminar barreras, cambiar contextos discapacitantes, conjugar aspectos cognitivos, emocionales y éticos.

Unas gafas que permiten tener una visión humanista de la educación, que se centran en la persona, en  su calidad de vida, permitiendo ofrecer los ajustes y los apoyos necesarios para garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad.

Lleva empatía, ética, inclusión, diálogo igualitario… Este docente concibe la EDUCACIÓN con mayúsculas, sin adjetivos que la describan o especifiquen, porque la educación debe ser para todos y con todos.

Tiene una visión humanista del desarrollo sostenible y promueve en el aula y en el centro actuaciones encaminadas a empoderar al alumnado, a reflexionar sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenibles, con una visión ecoeducativa que conciencie al alumnado y lo haga reflexionar sobre la necesidad de compromisos personales y de compartir una responsabilidad con un futuro sostenible.

Trabaja de forma colaborativa y promueve la colaboración, tanto en el aula como en el centro educativo, creando redes naturales de apoyo que originen la inclusión y la pertenencia de todo el alumnado en el aula.

Pero por encima de todo es una persona comprometida y dispuesta a empezar a caminar. ¿Me acompañas?

(1) Malpica, F. (2013). Calidad de la práctica educativa. 8 Ideas Clave. Barcelona: Graó

 

La ética en la inclusión

Hablamos de inclusión bajo la mirada de responsabilidad jurídica, cuando es necesario comenzar a hacerlo desde la ética

La diversidad en el aula increpa, asusta, molesta. La diversidad en el aula es una realidad que no podemos obviar. Responder a esta diversidad es una obligación regulada normativamente; ofrecer los apoyos y los ajustes necesarios en función de las necesidades individuales, también. Hablamos de inclusión bajo la mirada de responsabilidad jurídica, cuando es necesario comenzar a hacerlo desde la ética, desde la filosofía, desde los cuestionamientos personales que responden a las preguntas ¿Cómo veo la diversidad? ¿Cómo la siento? ¿Cómo la vivo? ¿Cómo la nombro? Estas respuestas concretarán las propias barreras personales y la lucha para eliminarlas será un triunfo para la inclusión.

La ética pretende definir los comportamientos correctos, no los que son aceptados por la sociedad, porque estos pueden ser injustos y la ética nos hace reflexionar sobre ello. La ética implica reflexión individual para poner en duda la normalidad, para ser disruptivos con la norma que nos constriñe. En este momento actual, donde todas las Comunidades Autónomas están elaborando normativas sobre inclusión, el debate que falta es un debate ético. Centramos la mirada en la diferencia, en el otro y nos fijamos en su déficit para categorizarlo, para normalizarlo. Nos fijamos en lo que tiene o no tiene, que lo distingue de los demás; nos fijamos en sus necesidades educativas para hacer adaptaciones y que sea igual al resto; pero no nos cuestionamos qué sentimos nosotros, como personas, con la diferencia, con el otro. Lo que pasa, lo que está pasando, ya lo sabemos: segregación, acoso, injusticias… Pero lo que sentimos… seguramente no es lo mismo. Y la educación inclusiva es pensar con el corazón, es ver al otro como igual, es transformar.

Asociamos la diversidad a etiquetas, a números, a dictámenes, a informes, y pocas veces hablamos de humanidad, de personas, de vida. ¿Cuándo les preguntamos a los niños y niñas, a los adolescentes, a los jóvenes, cómo se sienten? ¿Cuándo les preguntamos qué sueños tienen? ¿Cuándo caminamos a su lado? Asusta la heterogeneidad, porque la sociedad nos habla de perfección uniforme, asusta lo diferente porque es distinto y desconocido. Por eso más que nunca, es necesario replantearse la educación desde una concepción humanista que sitúa en el centro a la persona, desarrollando las capacidades necesarias para que todas las personas tengan calidad de vida y ofreciendo alternativas al modelo dominante del conocimiento, que se dirige, casi exclusivamente, a la validación del mismo.

Frente al desarrollo moral de Kohlberg que se centra en determinar conductas adecuadas, que nos dice lo que está bien y lo que no lo está, me quedo con la ética del cuidado de Carol Gilligan, que aboga por la responsabilidad compartida y la solidaridad. Dos contraposiciones, la justicia y el cuidado; dos ideas, moral y ética.