Webinar 36 concurso escolar ONCE. DUA, Diseño Universal para el Aprendizaje

“Hablar del Diseño Universal para el Aprendizaje es hablar del nuevo paradigma de la educación. Un paradigma que entiende la variabilidad humana y ofrece las pautas para diseñar en función de ella; que tiene sus raíces en la psicología cognitiva y la pedagogía permitiendo al docente crear ambientes de aprendizaje flexibles” (Canal de youtube 36 Concurso ONCE)

Bases del concurso en la web https://www.concursoescolaronce.es/bases-del-concurso/

Cuestionando la normalidad.

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La educación inclusiva no es un regalo, no es un premio, es un DERECHO y así se establece desde que en el año 2006 se aprobó la Convención de los Derechos de las personas con discapacidad. Han pasado 13 años y seguimos transitando en el interregno, caminamos entre la integración y la inclusión con tal despropósito que normalizamos injusticias sin verlas, de forma que

Vemos como normal que la respuesta educativa a los nadies, a los ningunos, a los ninguneados sea segregadora (apoyos fuera del aula, desdobles de grupos homogéneos, clases especiales en los centros educativos…).

Vemos como normal que la respuesta educativa habitual sea homogeneizadora, dejando talentos sin desarrollar por dirigir las enseñanzas al estudiante promedio que deja en los márgenes a los nadies.

Vemos como normal que la escuela se centre únicamente en los aspectos cognitivos, dejando de lado los aspectos emocionales y mucho sufrimiento en las aulas.

Vemos como normal que la atención a la diversidad sea una atención solo para los que se salen de la norma.

Vemos como normal que la representación que tenemos de los nadies sea únicamente cognitiva, viéndolos como diferentes y evitando verlos desde una representación ética que los visibiliza como “otros en tanto otros”.

Vemos como normal nombrarlos con el nombre de la etiqueta que representa el déficit y la discapacidad, con un nombre que nombra lo que no son, con un nombre que no los nombra, con un nombre que los anula como persona.

Vemos como normal que la injusticia y la opresión sean lo cotidiano, que el sufrimiento sea lo habitual.

Vemos como normal nombrarlos con el nombre de la etiqueta que visibiliza el déficit y la discapacidad, con un nombre que nombra lo que no son, con un nombre que no los nombra, con un nombre que los anula como persona

Y yo digo BASTA. Tenemos en las aulas niños y niñas que no pueden esperar otros trece años para lograr sus derechos.

  • Es hora de pasar a la acción con compromisos personales desde la responsabilidad ética a la persona del otro, porque como decía mi querido Galeano, “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.
  • Es hora de cuestionarnos la normalidad de las paradojas que nos llevan a hablar de variabilidad y homogeneización, de calidad y homogeneización, de educación para todos y atención a la diversidad…
  • Es hora de repensar la educación desde una mirada ética. Una mirada que nos lleva a hablar del “otro en tanto otro”, que lo dignifica, lo nombra.
  • Es hora de escuchar las voces de los otros, es hipócrita hablar del otro sin el otro, un otro que  hemos anulado al primar el promedio.

 

ES HORA DE PASAR A LA ACCIÓN, ¿TE UNES? 

 

 

Docente DUA, ¿cómo es su mochila?.

El Diseño Universal para el Aprendizaje es y debe ser el paradigma educativo actual, implica un cambio de mirada y una nueva visión en la educación; situarnos en este paradigma y conocerlo es una necesidad urgente para poder garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad a todo el alumnado. El Diseño Universal para el Aprendizaje permite hablar de accesibilidad universal en la educación, ofreciendo entornos comprensibles, accesibles, utilizables por todas las personas, impulsando la red afectiva en la educación y eliminando las barreras al aprendizaje que muchos niños y niñas tienen. Bajo este paradigma se sitúa la educación inclusiva, una educación que reduce la exclusión en y desde la educación y que promueve la participación en el aprendizaje de todo el alumnado.

Este paradigma educativo nos ofrece el marco teórico donde asentar las actuaciones y las respuestas inclusivas que demos a todo el alumnado, permitiendo crear desde el inicio programaciones didácticas y entornos de aprendizaje universales y accesibles que evitan modificaciones y adaptaciones posteriores y que eliminan las barreras a la presencia, al aprendizaje y a los logros.

No se trata de una moda ni de un capricho. El Diseño Universal para el Aprendizaje es el paradigma de la educación del siglo XXI que aglutina diferentes modelos y propuestas pedagógicas que permiten dar y garantizar una respuesta inclusiva, equitativa y de calidad a todo el alumnado en el aula. Pero… ¿cómo es la maestra, el profesor, el docente DUA? ¿Cómo es, cómo debe ser el profesorado que utiliza el Diseño Universal para el Aprendizaje en su aula, ese profesorado que piensa siempre en todo su alumnado, que ve sus fortalezas y capacidades, que los hace brillar?

Todo el profesorado llevamos nuestra mochila (1), en ella guardamos nuestra forma de enseñar, nuestra forma de mirar y entender la educación, nuestras creencias y valores, nuestros juicios y prejuicios, nuestras barreras, nuestras fortalezas… Esta mochila, fruto de la experiencia, es difícil de cambiar y en ocasiones contiene prácticas basadas en el error y la ilusión, que producen ceguera, tal y como ya hablé en otra entrada. Cambiar esta mochila, llenarla de propuestas e ideas nuevas, reflexionar sobre ella, es prioritario para caminar hacia la inclusión.

¿Cómo es mi mochila? ¿Cómo es mi metodología? ¿Cómo son mis prácticas educativas? ¿Cómo es mi mirada? ¿Qué es lo que más pesa en mi mochila? ¿Es necesario cambiarlo, modificarlo, quitarlo…? ¿Es necesario mejorarlo, ampliarlo? ¿Sé hacerlo, necesito formación, estoy dispuesta a hacerlo?

¿Cómo debe ser la mochila docente en el paradigma educativo actual? ¿Qué debe contener? ¿Qué lleva en su mochila un docente, una docente DUA?

El o la docente DUA es aquel que lleva en su mochila todo lo necesario para garantizar en las aulas una educación inclusiva, equitativa y de calidad y que conoce y comparte el nuevo paradigma de la educación. 

profesorado del presente y del futuro (2)

Lleva unas gafas para el cambio de mirada, para ver capacidades y fortalezas, no centrarse solo en el déficit y la discapacidad. Unas gafas que permiten eliminar barreras, cambiar contextos discapacitantes, conjugar aspectos cognitivos, emocionales y éticos.

Unas gafas que permiten tener una visión humanista de la educación, que se centran en la persona, en  su calidad de vida, permitiendo ofrecer los ajustes y los apoyos necesarios para garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad.

Lleva empatía, ética, inclusión, diálogo igualitario… Este docente concibe la EDUCACIÓN con mayúsculas, sin adjetivos que la describan o especifiquen, porque la educación debe ser para todos y con todos.

Tiene una visión humanista del desarrollo sostenible y promueve en el aula y en el centro actuaciones encaminadas a empoderar al alumnado, a reflexionar sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenibles, con una visión ecoeducativa que conciencie al alumnado y lo haga reflexionar sobre la necesidad de compromisos personales y de compartir una responsabilidad con un futuro sostenible.

Trabaja de forma colaborativa y promueve la colaboración, tanto en el aula como en el centro educativo, creando redes naturales de apoyo que originen la inclusión y la pertenencia de todo el alumnado en el aula.

Pero por encima de todo es una persona comprometida y dispuesta a empezar a caminar. ¿Me acompañas?

(1) Malpica, F. (2013). Calidad de la práctica educativa. 8 Ideas Clave. Barcelona: Graó

 

La ceguera en la educación: el error y la ilusión.

Todo conocimiento conlleva el riesgo del error y de la ilusión. La educación del futuro debe afrontar el problema desde estos dos aspectos: error e ilusión. El mayor error sería subestimar el problema del error; la mayor ilusión sería subestimar el problema de la ilusión. El reconocimiento del error y de la ilusión es tan difícil que el error y la ilusión no se reconocen en absoluto.
Edgar Morin

El error (1)

En 1999, la UNESCO solicitó a Edgar Morin que expresara sus ideas en la esencia misma de la educación del futuro, en el contexto de su visión del “Pensamiento Complejo”. En este texto, publicado por la UNESCO bajo el título de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, Edgar Morin presentó siete principios clave que él estimó necesarios para la educación del futuro. En él habla de las cegueras del conocimiento, del error y de la ilusión, de lo inesperado y de la incertidumbre. Yo hablo de la ceguera en la educación inclusiva, una educación que se rige por el principio de normalización y que en su uso ya conlleva a error, un grave error conceptual. Normalizamos las injusticias, y seguimos segregando de forma habitual, de forma que lo cotidiano se vuelve opresor.

La LOE, en el título II sobre la Equidad en la Educación, habla del principio de normalización en dos ocasiones, en la atención integral al alumnado con necesidad específica de apoyo educativo y en la escolarización; al no especificar y concretar qué es la normalización, este principio se ve amenazado por el error. Una concepción que conlleva entender este principio como: “tiene que ser normal”, “debe ir a un colegio ordinario”, “debe hacer las mismas cosas que los demás”. La normalidad entendida así está amenazada por el error y por la ilusión de que se hacen las cosas bien, de forma que la ceguera es todavía mayor.

El error es considerar que este principio de normalidad, que rige la equidad y la igualdad de oportunidades, signifique parecerse y ser como los demás, “ser normal”, y entonces se ponga el foco en lo que la persona no sabe hacer, en el déficit, en las dificultades que tiene para ser normal. En estos momentos, ser normal en educación significa seguir el currículo establecido, significa seguir el libro de texto, significa escribir, memorizar, validar conocimientos adquiridos, reproducir contenidos… y no eres normal cuando no eres capaz de hacer todo eso. Dentro de esta normalidad, y reguladas normativamente, se realizan adaptaciones curriculares para que este alumnado pueda estar en clase como el resto de sus compañeros y compañeras, siendo normal.

Es decir, que el niño, la niña, el joven, la persona con necesidad específica de apoyo educativo bajo este principio de normalización, debe ser normal y llevar una vida normal. Le pedimos entonces que haga lo que hacen los demás para poder ser normal, le pedimos que se comporte normalmente, que reproduzca los contenidos de la misma forma, que cuando esté en el aula esté en silencio, muchas veces sin participar, y en ocasiones, incluso, realizando actividades descontextualizadas diferentes al resto. Cada vez que hacemos esto, somos opresores, cometemos injusticias, y nos basamos en el error de poner el énfasis en la persona, en lo que no sabe hacer, marcando aún más las diferencias entre lo normal y lo anormal. Es necesario quitarse la venda que me produce la ceguera a la inclusión y ser capaz de modificar el contexto,  un contexto que constriñe, un contexto que oprime, un contexto discapacitante que pone límites rígidos a la normalidad. Hay que permitir a estos niños, niñas, jóvenes, que con los apoyos y ajustes necesarios, puedan pertenecer, ser ellos mismos y estar en el aula con todo el mundo, que ese es su lugar, porque la educación inclusiva no es un premio, es un derecho.

Este error conceptual produce ceguera, una ceguera que impide ver a la persona, puesto que solo se ven las etiquetas, las barreras, las dificultades, los inconvenientes, las molestias y se escuchan enojos. Este error conceptual molesta, porque el ritmo de trabajo no es homogéneo, porque la incertidumbre se apodera del día a día, porque no se concibe que en el aula no avancen todas las personas al mismo ritmo, porque… y muchas veces me asusto porque no sé.

Es necesario, urgente, reconocer el error de la normalidad, reconocer la ilusión de considerar que eso es así, porque conlleva sufrimiento y desasosiego en muchos niños y niñas, en muchas familias.

¡Quitémonos la venda, abramos los ojos, reflexionemos sobre la normalidad!

¿Qué condiciones han de darse para que un centro apueste por la educación inclusiva?

El otro día una amiga me hacía esta pregunta, en realidad era más bien una pregunta que le habían hecho a ella y que yo retomo en el blog.

Cuando hablas de educación inclusiva la gente te mira como si fueras una marciana, como diciendo ¿pero qué dice? Parece fácil en el papel, pero luego te das cuenta de que a la hora de llevarlo a cabo, de concretarlo en hechos, el profesorado está perdido y te pregunta: ¿cómo implementarlo en el aula?, ¿cómo pasar de la teoría a la práctica?, ¿qué hacer en el aula para potenciar la educación inclusiva?… Y como éstas, muchas otras preguntas.

Pero comencemos por las culturas inclusivas, puesto que si hablamos de ello responderemos a la cuestión que se nos plantea.

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En 1972 la UNESCO elaboró el Informe Fauré “Aprender a ser: la educación del futuro” que establecía dos nociones interrelacionadas, la sociedad del aprendizaje y la educación permanente. Veinticuatro años más tarde en 1996, se publicó el conocido Informe Delors  “La educación encierra un tesoro” con dos conceptos muy claros, aprender a lo largo de la vida y cuatro pilares fundamentales (aprender a conocer, a hacer, a ser y a vivir juntos) y en mayo de 2015 se presentó un nuevo informe que viene a ahondar en la necesidad de “Replantear la educación, ¿hacia el bien común mundial?” con la idea muy clara de la necesidad replantearse la educación en esta sociedad del siglo XXI donde existe un nuevo contexto mundial de aprendizaje.

Este informe parte de una concepción humanista y holística de la educación, lo que implica planteamientos nuevos y distintos de la educación; no podemos seguir haciendo lo mismo que veníamos haciendo hasta ahora en nuestras aulas porque el contexto de aprendizaje es diferente, es necesario realizar planteamientos más abiertos y flexibles que permitan ofrecer respuestas inclusivas a todo el alumnado que tenemos en nuestras aulas, que permitan abrir el centro a la comunidad y que permita sentir a todo el mundo miembro de esta comunidad.

La concepción humanista de la educación aboga por el respeto a la vida, a la dignidad humana, a la igualdad de derechos, a la justicia social; defiende la diversidad al entender que todos y cada uno de los miembros enriquece al grupo, habla de solidaridad y responsabilidad compartida. Esta visión humanista que promueve la convivencia y la resolución pacífica de los conflictos rechazando todas las formas de discriminación persigue, por lo tanto, una alfabetización ética. Y aquí tenemos la primera condición para que nuestro centro educativo sea un centro inclusivo. Es necesario reflexionar sobre los valores que queremos para nuestro centro, valores que van a impregnar toda la práctica docente, las relaciones interpersonales y que deben plasmarse en el Proyecto Educativo de Centro. 

Esta visión humanista de la que venimos hablando es una llamada al diálogo. Freire ya abogaba por el diálogo como principal medio socializador. Debemos, por lo tanto, fomentar en nuestro centro y en nuestras aulas el diálogo con actuaciones concretas que conlleven valorar y aprender dialogando y para ello debemos conseguir o habilitar espacios y tiempos. Pero, ¿qué puedo hacer en el aula para fomentar el diálogo entre mi alumnado? Puedo favorecer las interacciones dialógicas por medio de trabajo en equipo o por parejas, puedo promover debates y argumentaciones o puedo hacer tertulias literarias dialógicas con el alumnado y con las familias. Éstas son algunas de las propuestas que, además de estimular y favorecer el diálogo igualitario, está demostrado que mejoran la convivencia en el aula y en el centro.

Pero un centro inclusivo es también un centro que busca el diálogo igualitario, eliminando el abuso de poder; es un centro que promueve la convivencia y la resolución pacífica de conflictos; es un centro con un plan de convivencia inclusivo y preventivo, con actuaciones concretas y claras, como el desarrollo de patios dinámicos o uso pedagógico de los recreos y donde la acogida de todas las personas de la comunidad educativa es una seña de identidad del centro. En estos centros, todas y cada una de las personas que lo componen tienen un sentimiento de pertenencia que les hace sentirse únicos y valorados. Y ésta sería la segunda condición: es necesario crear escuelas acogedoras, seguras, donde todos sean valorados y donde todos tengan algo que aportar; escuelas que eliminan las barreras a la presencia, la participación  y el progreso con planes de convivencia inclusivos que previenen el absentismo, metodologías activas, apoyos en el aula, enriquecimiento para todos…

Si hablamos de concepción humanista de la educación, si hablamos de diálogo, de convivencia, de principios morales, hablamos también ¡cómo no! de colaboración. Y ésta sería la tercera condición. Es difícil construir comunidad si no dialogamos, si no fomentamos en el centro culturas colaborativas, y ¿cómo lo hacemos? El profesorado debe trabajar colaborativamente, con un liderazgo compartido que permita tomas de decisiones consensuadas y dialogadas sobre políticas inclusivas que van a condicionar las señas de identidad del centro; el profesorado debe también planificar y enseñar en colaboración con tutorías compartidas que vayan mucho más allá del mero hecho de estar dos profesores en el aula; pero también fomentamos la cultura de la colaboración con prácticas que permitan al alumnado participar activamente en la evaluación consiguiendo de esta forma una evaluación dialogada e intensificar su propio aprendizaje. Y, por supuesto, con todas las actuaciones que desde el centro permitan la colaboración de las familias y de la comunidad en general (Escuelas de familias, talleres, seminarios, tertulias…).

Para concluir, es necesario hablar de altas expectativas, la educación inclusiva parte de un planteamiento de la educación basado en fundamentos éticos, en un modelo social que aboga por la eliminación de barreras y que valora a todo el alumnado por igual evitando las “etiquetas” que condicionan su aprendizaje, la educación inclusiva promueve por lo tanto las altas expectativas para todo el alumnado, porque aprendemos de todos y con todos, porque todos tienen algo que aportar, porque se fija en las capacidades del alumnado para desarrollarlas en el aula. Esta sería por lo tanto la última de las condiciones que han de darse para que un centro apueste por la educación inclusiva, para que un centro sea un centro inclusivo debe eliminar las barreras que impidan conseguir estas altas expectativas en todos y cada uno de loa alumnos, el centro debe potenciar la participación, el progreso y la obtención de logros por parte de todo el alumnado. Pero ¿y cómo lo hacemos? en primer lugar reflexionando sobre ello con ayuda del Index for inclusion o del ACADI, pero sobre todo permitiendo que todo el alumnado esté en el aula participando de la actividad que allí se hace, para conseguirlo podemos por ejemplo trabajar por proyectos (ABP), enriquecer el aprendizaje para todo el alumnado, hacer apoyos inclusivos con dos profesores en el aula. Pero sobre todo debemos evitar los currículos paralelos favoreciendo actividades comunes, participativas y colaborativas que permitan hacer brillar a todo el alumnado en su contexto natural que es su aula de referencia.

No olvidemos nunca que la educación inclusiva es un proceso orientado a responder a la diversidad de los estudiantes incrementando su participación y reduciendo la exclusión en y desde la educación, está además relacionada con la PRESENCIA, la PARTICIPACIÓN y los LOGROS de todos los alumnos, con especial énfasis en aquellos que, por diferentes razones están excluidos o en riesgo de ser marginados, si tenemos esto en mente ya sabremos que un centro inclusivo es el que permita de forma natural esta presencia, participación y logros de todo el alumnado.

Porque una educación inclusiva ES POSIBLE.