¿Qué condiciones han de darse para que un centro apueste por la educación inclusiva?

El otro día una amiga me hacía esta pregunta, en realidad era más bien una pregunta que le habían hecho a ella y que yo retomo en el blog.

Cuando hablas de educación inclusiva la gente te mira como si fueras una marciana, como diciendo ¿pero qué dice? Parece fácil en el papel, pero luego te das cuenta de que a la hora de llevarlo a cabo, de concretarlo en hechos, el profesorado está perdido y te pregunta: ¿cómo implementarlo en el aula?, ¿cómo pasar de la teoría a la práctica?, ¿qué hacer en el aula para potenciar la educación inclusiva?… Y como éstas, muchas otras preguntas.

Pero comencemos por las culturas inclusivas, puesto que si hablamos de ello responderemos a la cuestión que se nos plantea.

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En 1972 la UNESCO elaboró el Informe Fauré “Aprender a ser: la educación del futuro” que establecía dos nociones interrelacionadas, la sociedad del aprendizaje y la educación permanente. Veinticuatro años más tarde en 1996, se publicó el conocido Informe Delors  “La educación encierra un tesoro” con dos conceptos muy claros, aprender a lo largo de la vida y cuatro pilares fundamentales (aprender a conocer, a hacer, a ser y a vivir juntos) y en mayo de 2015 se presentó un nuevo informe que viene a ahondar en la necesidad de “Replantear la educación, ¿hacia el bien común mundial?” con la idea muy clara de la necesidad replantearse la educación en esta sociedad del siglo XXI donde existe un nuevo contexto mundial de aprendizaje.

Este informe parte de una concepción humanista y holística de la educación, lo que implica planteamientos nuevos y distintos de la educación; no podemos seguir haciendo lo mismo que veníamos haciendo hasta ahora en nuestras aulas porque el contexto de aprendizaje es diferente, es necesario realizar planteamientos más abiertos y flexibles que permitan ofrecer respuestas inclusivas a todo el alumnado que tenemos en nuestras aulas, que permitan abrir el centro a la comunidad y que permita sentir a todo el mundo miembro de esta comunidad.

La concepción humanista de la educación aboga por el respeto a la vida, a la dignidad humana, a la igualdad de derechos, a la justicia social; defiende la diversidad al entender que todos y cada uno de los miembros enriquece al grupo, habla de solidaridad y responsabilidad compartida. Esta visión humanista que promueve la convivencia y la resolución pacífica de los conflictos rechazando todas las formas de discriminación persigue, por lo tanto, una alfabetización ética. Y aquí tenemos la primera condición para que nuestro centro educativo sea un centro inclusivo. Es necesario reflexionar sobre los valores que queremos para nuestro centro, valores que van a impregnar toda la práctica docente, las relaciones interpersonales y que deben plasmarse en el Proyecto Educativo de Centro. 

Esta visión humanista de la que venimos hablando es una llamada al diálogo. Freire ya abogaba por el diálogo como principal medio socializador. Debemos, por lo tanto, fomentar en nuestro centro y en nuestras aulas el diálogo con actuaciones concretas que conlleven valorar y aprender dialogando y para ello debemos conseguir o habilitar espacios y tiempos. Pero, ¿qué puedo hacer en el aula para fomentar el diálogo entre mi alumnado? Puedo favorecer las interacciones dialógicas por medio de trabajo en equipo o por parejas, puedo promover debates y argumentaciones o puedo hacer tertulias literarias dialógicas con el alumnado y con las familias. Éstas son algunas de las propuestas que, además de estimular y favorecer el diálogo igualitario, está demostrado que mejoran la convivencia en el aula y en el centro.

Pero un centro inclusivo es también un centro que busca el diálogo igualitario, eliminando el abuso de poder; es un centro que promueve la convivencia y la resolución pacífica de conflictos; es un centro con un plan de convivencia inclusivo y preventivo, con actuaciones concretas y claras, como el desarrollo de patios dinámicos o uso pedagógico de los recreos y donde la acogida de todas las personas de la comunidad educativa es una seña de identidad del centro. En estos centros, todas y cada una de las personas que lo componen tienen un sentimiento de pertenencia que les hace sentirse únicos y valorados. Y ésta sería la segunda condición: es necesario crear escuelas acogedoras, seguras, donde todos sean valorados y donde todos tengan algo que aportar; escuelas que eliminan las barreras a la presencia, la participación  y el progreso con planes de convivencia inclusivos que previenen el absentismo, metodologías activas, apoyos en el aula, enriquecimiento para todos…

Si hablamos de concepción humanista de la educación, si hablamos de diálogo, de convivencia, de principios morales, hablamos también ¡cómo no! de colaboración. Y ésta sería la tercera condición. Es difícil construir comunidad si no dialogamos, si no fomentamos en el centro culturas colaborativas, y ¿cómo lo hacemos? El profesorado debe trabajar colaborativamente, con un liderazgo compartido que permita tomas de decisiones consensuadas y dialogadas sobre políticas inclusivas que van a condicionar las señas de identidad del centro; el profesorado debe también planificar y enseñar en colaboración con tutorías compartidas que vayan mucho más allá del mero hecho de estar dos profesores en el aula; pero también fomentamos la cultura de la colaboración con prácticas que permitan al alumnado participar activamente en la evaluación consiguiendo de esta forma una evaluación dialogada e intensificar su propio aprendizaje. Y, por supuesto, con todas las actuaciones que desde el centro permitan la colaboración de las familias y de la comunidad en general (Escuelas de familias, talleres, seminarios, tertulias…).

Para concluir, es necesario hablar de altas expectativas, la educación inclusiva parte de un planteamiento de la educación basado en fundamentos éticos, en un modelo social que aboga por la eliminación de barreras y que valora a todo el alumnado por igual evitando las “etiquetas” que condicionan su aprendizaje, la educación inclusiva promueve por lo tanto las altas expectativas para todo el alumnado, porque aprendemos de todos y con todos, porque todos tienen algo que aportar, porque se fija en las capacidades del alumnado para desarrollarlas en el aula. Esta sería por lo tanto la última de las condiciones que han de darse para que un centro apueste por la educación inclusiva, para que un centro sea un centro inclusivo debe eliminar las barreras que impidan conseguir estas altas expectativas en todos y cada uno de loa alumnos, el centro debe potenciar la participación, el progreso y la obtención de logros por parte de todo el alumnado. Pero ¿y cómo lo hacemos? en primer lugar reflexionando sobre ello con ayuda del Index for inclusion o del ACADI, pero sobre todo permitiendo que todo el alumnado esté en el aula participando de la actividad que allí se hace, para conseguirlo podemos por ejemplo trabajar por proyectos (ABP), enriquecer el aprendizaje para todo el alumnado, hacer apoyos inclusivos con dos profesores en el aula. Pero sobre todo debemos evitar los currículos paralelos favoreciendo actividades comunes, participativas y colaborativas que permitan hacer brillar a todo el alumnado en su contexto natural que es su aula de referencia.

No olvidemos nunca que la educación inclusiva es un proceso orientado a responder a la diversidad de los estudiantes incrementando su participación y reduciendo la exclusión en y desde la educación, está además relacionada con la PRESENCIA, la PARTICIPACIÓN y los LOGROS de todos los alumnos, con especial énfasis en aquellos que, por diferentes razones están excluidos o en riesgo de ser marginados, si tenemos esto en mente ya sabremos que un centro inclusivo es el que permita de forma natural esta presencia, participación y logros de todo el alumnado.

Porque una educación inclusiva ES POSIBLE.

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