Febrero. Cambio de mirada

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Cuando Jesús Vidal recoge el premio al mejor actor revelación en los Premios Goya, en su discurso habla de cambio de mirada, de visibilidad, de inclusión y de diversidad:  “Señores de la Academia, han distinguido a un actor con discapacidad, no saben lo que han hecho. Ahora solo se me ocurren tres palabras: inclusión, diversidad y visibilidad. ¡Qué emoción siento!”. Con este premio se ha visibilizado y valorado la capacidad, no la discapacidad, como venimos haciendo habitualmente cuando nos centramos en el déficit, en lo que la persona no sabe o en lo que me molesta.

Este cambio de mirada, necesario para avanzar hacia la inclusión, se basa en eliminar el sistema binario normalidad/diversidad por el que nos regimos: o eres normal o no lo eres y te pongo una etiqueta que habitualmente conlleva bajas expectativas. Hablar de una visión humanista de la educación es hablar de capacidades, de fortalezas, con propuestas que pongan siempre en el centro de la intervención a la persona; es basarse en un modelo de calidad de vida y de apoyos, en un enfoque centrado en los derechos humanos.

Cuando escribí la entrada «Mirada DUA, una mirada necesaria», propuse estrategias para  conseguir esta mirada en los docentes, pero esa mirada debe impregnar todos los documentos de centro y, por supuesto, también los documentos derivados de una evaluación psicopedagógica. Así que yo me pregunto: ¿cómo sería esa mirada DUA en esta evaluación, cómo serán los informes psicopedagógicos DUA? 

Esta reflexión la comparto con más personas dedicadas a la orientación educativa y que como yo se replantean y cuestionan el modelo psicopedagógico actual, un modelo que apenas ha cambiado desde los años 90, con etiquetas basadas en clasificaciones clínicas que tienen consecuencias y medidas específicas discriminatorias; un modelo de apoyos segregadores, que elimina barreras, pero no se basa en la accesibilidad universal ni en el derecho a una educación inclusiva, equitativa y de calidad. Si las evaluaciones y los informes nos impiden avanzar hacia la inclusión, si no están basadas en el modelo de calidad de vida, si no garantizan ni la igualdad de oportunidades ni la accesibilidad universal, si no valoran la autodeterminación de la persona, si se centran en el déficit, si los dictámenes no garantizan los derechos humanos, si la intervención no es transformadora… ¿qué hacemos? Revolucionemos este modelo, es el momento de pasar a la acción.

Para llevar la #RevoluciónInclusiva al corazón de nuestro sistema educativo debemos reflexionar sobre todo ello analizando cómo debe ser esa evaluación, con qué apoyos cuento, cuáles son las barreras y sobre todo qué pasos valientes voy a empezar a hacer.

Mis cinco pasos valientes son:

  • Contribuir a eliminar la segregación de los informes excluyentes que centran la intervención exclusivamente en el alumnado, con pruebas descontextualizadas que miden aspectos que no tienen en cuenta el modelo social de la discapacidad. Informes que enumeran las dificultades del niño, de la niña, de la persona, para justificar una respuesta segregadora.
  • No cuestionar a la persona, no centrarme en su déficit, sino en entender las interacciones y transformarlas para pueda ser ella misma y estar presente ,participando y obteniendo logros en su contexto natural.
  • Cambiar el lenguaje del «tiene dificultad«, «le cuesta«, «incapacidad para«, por el lenguaje de «es capaz de«, «tiene potencial para«, con una mirada puesta siempre en la capacidad y en las fortalezas.
  • Transformar los contextos discapacitantes en oportunidades de aprendizaje para todo el alumnado, con prácticas inclusivas y modelos organizativos que garanticen una educación inclusiva, equitativa y de calidad, así como la participación plena de todos, asegurando la justicia social.
  • Cuestionarme el rol técnico de experta etiquetadora y pasar a ser asesora pedagógica para la inclusión, que acompañe en la transformación de los centros como explico en el papel de la orientación en la inclusión.

Evaluación psicopedagógica. 5 pasos valientes (1)

 

Hablar de educación inclusiva es hablar de ética y de justicia social; como escribí en una entrada anterior «frente al desarrollo moral de Kohlberg que se centra en determinar conductas adecuadas, que nos dice lo que está bien y lo que no lo está, me quedo con la ética del cuidado de Carol Gilligan, que aboga por la responsabilidad compartida y la solidaridad. Dos contraposiciones, la justicia y el cuidado; dos ideas, moral y ética». Dos ideas que debemos tener en cuenta para repensar la evaluación psicopedagógica,

¿Te unes a esta #RevoluciónInclusiva en la orientación?

 

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Enero. Derecho a la educación inclusiva.

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El modelo social de la discapacidad es el paradigma en el que se enmarca la educación inclusiva, una educación que supera el modelo integrador del sistema educativo y que se centra en la persona, en su calidad de vida (1) y en la necesidad y obligación de ofrecer los apoyos y los ajustes razonables necesarios al alumnado que lo requiera (2).

Este marco teórico implica adoptar el enfoque socioecológico que pone el énfasis en las interacciones entre las capacidades de la persona y el contexto, destacando con urgencia que es el centro educativo el que debe adaptarse y ofrecer los apoyos y los ajustes razonables para garantizar una respuesta educativa inclusiva a todos los niños y niñas, y no al revés, como se viene haciendo.

La inclusión educativa habla de barreras a la presencia, al aprendizaje, a la participación…, y no se habla, o no debería hablarse ya, de necesidades educativas especiales.  Con la integración se intentaba que el individuo fuese «normal» y actuase de un manera «normalizada», de forma que todos los niños y niñas que no estaban dentro de esta norma, debían cambiar y adaptarse a un sistema rígido e inflexible que no ofrecía oportunidades, sino que compensaba las desigualdades concibiendo las diferencias y las bajas expectativas desde el mismo inicio del aprendizaje. Las necesidades eran del alumno o de la alumna, nunca del contexto o del centro educativo.

La educación inclusiva proporciona igualdad de oportunidades a todo el alumnado por medio de la accesibilidad, la personalización, la mirada… La educación inclusiva es una educación que transforma vidas, es un bien común de la sociedad capaz de lograr una transformación social y prosperar hacia sociedades más inclusivas. Se basa en una visión humanista de la educación que centra la mirada en la persona, en su desarrollo, concibiendo en el alumnado no solo necesidades educativas curriculares, sino también emocionales y éticas, siempre vinculadas con su bienestar personal y orientadas a la mejora de su calidad de vida. Esta educación exige como derecho los apoyos y los ajustes necesarios para ofrecer la respuesta educativa tal y como determina la Convención (2).

La educación inclusiva es un modelo de apoyos y calidad de vida que toma como referencia el enfoque de los derechos humanos asumido por la ONU con la Convención. Entender este trasfondo teórico y su alcance es fundamental para pasar a la acción y poder abordar con equidad y calidad la respuesta educativa inclusiva a todo el alumnado.

#2019inclusivo  #12 temas  #2019porlaInclusión

 

(1) La OMS define calidad de vida como:  «La percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de la cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus objetivos, expectativas, normas y preocupaciones» (1966)

(2) Artículo 24 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.