Educación inclusiva, ¿queda mucho por hacer?

La revista Educación 3.0 cumple 10 años, y con motivo de su décimo cumpleaños varias personas relacionadas con el mundo educativo aceptamos el reto de reflexionar sobre cómo ha evolucionado la educación en las más diversas áreas: tecnología, recursos y contenidos, metodologías activas, evaluación, educación emocional, competencias docentes… Y, por supuesto, sobre cómo será el futuro. Yo soy una de ellas y en el artículo que escribí, reflexiono sobre la educación inclusiva.

«Catorce años han pasado desde que en aquel frío 13 de diciembre en Nueva York se firmase la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad. Y dos menos, doce años, desde que un día de primavera de mediados de abril se ratificase en Madrid dicha Convención. Este gesto hizo que esta normativa entrase a formar parte plenamente del ordenamiento jurídico español. El artículo 24 de la Convención se centra en el derecho a una educación inclusiva, con miras, entre otras cosas, a hacer posible que las personas con discapacidad participen de manera efectiva en una sociedad libre. La pregunta es esta: ¿Se ha conseguido esa participación plena catorce años más tarde en la sociedad, en nuestros centros educativos, en nuestras aulas?

La UNESCO define la educación inclusiva como un proceso que permite tener debidamente en cuenta la diversidad de las necesidades de todos los niños, jóvenes y adultos a través de una mayor participación en el aprendizaje, las actividades culturales y comunitarias, así como reducir la exclusión de la esfera de la enseñanza y dentro de esta. Ahora las preguntas serían otras: ¿Se tiene en cuenta la diversidad de las necesidades a través de una mayor participación de todas las personas? ¿Se evita la segregación en la educación y desde la educación?

Si la respuesta a las preguntas es negativa, como me temo, es que todavía queda mucho por hacer. Profusamente se habla en la actualidad de los ODS, diversos son los foros donde el contenido de esta Agenda se pone encima de la mesa, por lo que centrarme aquí en el ODS número 4 resultará más familiar que hablar de la Convención.  El ODS número 4 está referido a «Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos». Unificar la inclusión y la equidad implica por una parte eliminar las barreras que limitan la presencia, la participación y los logros de todo el alumnado, pero también lo es asegurar que exista una preocupación ética por la educación, de forma que todas las personas reciban una educación de calidad en igualdad de oportunidades. Y aquí es donde suspendemos, y aunque considere que se hacen avances, todavía queda camino por andar. Pero hagamos una reflexión sobre ello, y decidid por vosotros mismos.

A menudo se confunde inclusión con integración, y este error conceptual nos lleva a seguir perpetuando prácticas excluyentes. Es habitual todavía que el alumnado con necesidades educativas salga del aula para recibir apoyos; es habitual que este mismo alumnado tenga adaptaciones curriculares con materiales diferentes al resto del grupo; es habitual que solo a este alumnado se le considere diverso y por lo tanto que solo este alumnado requiera medidas de atención a la diversidad; es habitual que este alumnado participe poco en el aula; es habitual que no sea elegido para participar ni en los juegos, ni en los grupos, ni en los cumpleaños; es habitual que este alumnado sufra, llore, y que también lo haga su familia; es habitual que estos niños, adolescentes, jóvenes… sean invisibles; es habitual que sean ninguneados. La mirada ética de la inclusión no permitiría todo esto. Esta mirada ética piensa en el otro en tanto otro, respetando siempre su alteridad.

La incorporación de la equidad y la inclusión en las prácticas educativas implica reconocer que tener en el aula alumnado diverso no es un problema que hay que solucionar, sino un beneficio y un enriquecimiento. Las diferencias tendrían que ayudarnos a innovar, a transformar las prácticas segregadoras en prácticas inclusivas y equitativas. Tendrían que abrirnos los ojos para reconocer que las dificultades que se encuentran a diario los niños y niñas surgen del propio sistema educativo; un sistema anclado en la integración, que normaliza las injusticias, que homogeneiza y dirige la enseñanza al estudiante promedio, dejando en los márgenes a los nadies, los ningunos y los ninguneados. Y tendrían que movilizarnos hacia un compromiso ético con una EDUCACIÓN con mayúsculas, porque no tendríamos que hablar de inclusión si antes no hubiésemos segregado.

Cuando esta EDUCACIÓN sea una realidad podremos hablar de inclusión y equidad. Como Freire, os propongo la esperanza para construir lo “inédito viable”. La inclusión real que ahora parece lejana tiene posibilidades de lograrse si partimos de nuestro compromiso, de la esperanza, pero sobre todo si pasamos a la acción».

Este artículo y el resto, pueden leerse en la revista Educación 3.0 https://www.educaciontrespuntocero.com/noticias/educacion-3-0-cumple-10-anos/

Puedes escuchar el artículo en este audio.

2 comentarios en “Educación inclusiva, ¿queda mucho por hacer?

  1. Necesaria reflexión, sobre lo que hemos andado, dónde nos hemos quedado estancados y hacia dónde y cómo debemos avanzar. Hoy más que nunca tenemos las herramientas para cumplir con ese artículo 24.

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