La ética, el otro y la alteridad.

“Nace con un diagnóstico muy grave, nadie piensa que va a vivir, y durante 25 días no tiene nombre, es la niña de la servocuna, pero eso le pasa más veces a lo largo de su vida, que pierde el nombre para ser nombrada por su diagnóstico, que pierde el derecho a una infancia para estar en hospitales, en terapias, en su casa” (Silvana Corso, Agustín Sap)

La educación inclusiva no nos debe dejar indiferentes; el otro nos interpela, nos dice: “no me reduzcas a una representación tuya, no me dejes sin nombre, no me anules, no me invisibilices”. También nos dice: “no me homogeneices como has venido haciendo hasta ahora, escúchame, cree en mí, edúcame, enséñame, camina a mi lado, no me pongas piedras, ofréceme apoyos y ajustes necesarios para avanzar, garantízame ambientes flexibles de aprendizaje con desafíos adecuados”.

Seguimos considerando que la respuesta educativa es la atención a la diversidad que considera que lo diverso es la persona que se sale de la norma, esa persona a la que no nombro por su nombre, sino por la representación que yo tengo de ella, o por la etiqueta que condiciona expectativas, anulando de esta forma la alteridad, anulando que sea otro. Esta respuesta a la diversidad es perversa y segregadora, y es la que hacemos habitualmente cuando en el aula las respuestas están dirigidas al estudiante promedio que deja en los márgenes al diferente, al que no sigue la norma, al ninguno, al ninguneado; es perversa cuando estas respuestas a la diversidad se basan en apoyos fuera del aula, en grupos homogéneos con desdobles o en clases especiales en centros educativos; es perversa cuando se considera que el origen del problema está en la persona, no en el contexto, un contexto que si no se hace accesible permitirá que la discapacidad sea siempre una opresión; es perversa cuando la representación del otro es cognitiva, no ética.

Y entonces hablo de ética, de ética del cuidado al otro, porque “pensar en el otro en tanto otro”, como decía Lévinas, es ya una relación ética. Y entonces hablo de educación inclusiva, de cambio de mirada, de calidad de vida, de responsabilidad, de compromiso, de altas expectativas, de presencia, participación y logros, de derecho. Carlos Cullen decía: “Nada justifica que anulemos la alteridad del otro, en tanto otro”; y de nuevo, la ética.

Garantizar la equidad y la calidad en la educación es indisoluble de inclusión, y así lo corrobora el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4, pero también es indisoluble de ética. Una educación que enseña a pensar y no a obedecer, como decía Freire; una educación que nos lleva a un aprendizaje profundo, a diseñar ambientes y contextos flexibles que eliminan las barreras para que todas las personas puedan ser ellas mismas sin necesidad de “ser normales”; una educación que entiende y conoce la variabilidad y que diseña en función de ella; esta es una educación responsable, es una educación ética, es una educación que piensa en el otro, que lo nombra.

Y de nuevo el compromiso ético cuando buscamos el origen etimológico de la propia palabra, EDUCERE que extrae o saca de dentro a fuera algo que está ahí, cuando la mirada del docente permite visibilizar, empoderar a todo el alumnado; pero también EDUCARE, que se alimenta y guía desde fuera, hablando de la ética del docente que se centra en la alteridad y no en la ontología, que habla del otro como ser diferente y no del otro como ser homogéneo.

La ética en la educación nos invita a no quedarnos en palabras, sino a pasar a la acción, transformando las medidas educativas en propuestas abiertas y flexibles que ofrezcan una respuesta educativa inclusiva, equitativa y de calidad para todo el alumnado.

¿TE APUNTAS A PASAR A LA ACCIÓN?

Seguimos considerando que la respuesta educativa es la atención a la diversidad que considera que lo diverso es la persona que se sale de la norma, esa persona a la que no nombro por su nombre, sino por la representa