Inclusión descafeinada, en el interregno de la inclusión.

Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad para todo el alumnado y quedarnos con garantizar su presencia en el aula y garantizar así el acceso a la educación, no es hablar de inclusión. Tampoco lo es realizar actividades esporádicas para que de forma puntual determinado alumnado pueda participar en el aula o en el centro educativo en igualdad de oportunidades que el resto de sus compañeros y compañeras.  Son muchos los ejemplos que podría poner de respuestas educativas que se acompañan habitualmente de prácticas segregadoras poco inclusivas y que se confunden con prácticas inclusivas.

En el artículo La ceguera en la educación inclusiva me refería también a esta situación de desamparo cuando trataba de explicar cómo el error (esas prácticas segregadoras como sinónimo de inclusión) y la ilusión (el convencimiento de que esas prácticas son inclusivas) producen una ceguera conceptual que te mantiene en la integración, aunque estemos hablando de inclusión.

En la actualidad podemos decir que estamos en el interregno de la inclusión. Por Interregno se entiende el espacio de tiempo en el que un reino no tiene soberano, o el periodo de tiempo que hay entre dos reinados. ¿Pero por qué interregno de la inclusión? Porque estamos todavía entre la integración y la inclusión, el paso del principio de integración al principio de inclusión en la educación no está consolidado y transitamos entre los dos términos con tal despropósito que podríamos hablar además del peligro de una inclusión descafeinada que sustituya a la inclusión real.

Estamos vagando entre dos términos y aceptamos como real una inclusión interpretada por estar todos juntos en el aula haciendo lo mismo y garantizando, como he dicho antes, la presencia y la participación, pero… ¿y la calidad?  Una educación centrada en el mito del estudiante promedio con currículos rígidos, que dejan en los márgenes a los nadies, a los ningunos y ninguneados, pero… ¿y la calidad? Una educación limitante que contempla la homogeneidad como norma y que deja por el camino talentos sin desarrollar, pero… ¿y la calidad?  Vista así, la educación inclusiva resulta una paradoja que transita entre dos reinos, el de la inclusión y el de la integración y que resulta ser una educación incapaz de ofrecer una educación de calidad a todo el alumnado. Utilizar el término educación inclusiva para excluir, educación de calidad para homogeneizar, igualdad de oportunidades para que todo el alumnado haga lo mismo, diversificar para hacer adaptaciones curriculares…, es partir de errores conceptuales que nos llevan al uso de conceptos contradictorios como algo habitual.

Es momento de conceptualizar la educación inclusiva como una educación transformadora. Transformadora del sistema educativo y transformadora de vidas. Como una educación que requiere compromisos serios por parte de la Administración, de los docentes, de las familias, del alumnado… compromisos que lleven a garantizar la calidad en la educación, el cambio de mirada para valorar la capacidad frente a la discapacidad, la responsabilidad en el proceso, la disposición para pasar a la acción, la ayuda mutua. Como una EDUCACIÓN con mayúsculas, una educación integral y humanística basada en un modelo de apoyos, de calidad de vida y de derechos humanos. Solo así podemos salir de este vacío en el que nos estamos hundiendo y quitarnos la venda.

¿Pero por qué interregno de la inclusión_ Estamos todavía entre la integración y la inclusión, el paso del principio de integración al principio de inclusión en la educación no está consolidado y transitamos entre lo